BIBLIOTECA

Central de Coyoacan “General Vicente Guerrero”
CNCA/DDF

Centro de La Alameda Del Sur

Canal de Miramontes y Calzada de las Bombas
04840, Col. Sn Pablo Tepetlapa

 
 

El pasado 5 de septiembre del año en curso tal y como lo prometió Radio NEWNSG y Radio Comunitaria PAYNANI; la antropóloga Berta Zavala Zapata “Mujer en lucha por la Democracia” de la Universidad Autónoma de la ciudad de México (Campus del Valle) y el Dr. Eberto Rodobaldo Morgado Morales “La palabra Canta” de la Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas, Cuba; dieron inicio su sección “Platica en la Tabaquería” dentro del programa Los Tres MasquePerros y Norma Kotorreando.

 

Que mejor inicio a de esta sección con una entrevista exclusiva con Antonio del Conde Pontones “El cuate”, uno de los principales colaboradores mexicanos que dispuso Fidel y los revolucionarios cubanos en los preparativos que realizaban en México con el fin de reiniciar nuevamente la lucha por la libertad definitiva de Cuba.

 

Antecedente.

 

La Revolución Cubana no se podría entender sin Fidel Castro y sin el Granma, aquel yate que lo llevó de las costas de Tuxpan, en Veracruz, de donde zarpó el 25 de noviembre de 1956, hacia las costas cubanas de la provincia de oriente, donde desembarcó al frente de 82 milicianos el 2 de diciembre de 1956.

 

Con aquel desembarco, se iniciaba una de las más sorprendentes revoluciones del siglo XX, que subsiste al nuevo milenio.

 

Pero pocos saben que el Granma comenzó a navegar desde la ciudad de México, de la mano de dos soñadores, un mexicano y que le consiguió el yate y las armas, y aquel descendiente de gallegos, que navegó en el Granma y sedujo al mundo entero.

 

Inicio.

 

En el centro de la ciudad de México, Antonio del Conde Pontones atendía un negocio de venta de armas que era legal en ese entonces. Una tarde, un extranjero de 29 años, alto y bien parecido, entró a su tienda.

 

Este local se encontraba en la calle de Revillagigedo, en el edificio número 47, donde tenía una armería,. . . . . . Alejandro llegó a mi armería en 1955. Puede haber sido en julio, agosto, septiembre, no recuerdo el mes exacto. Iba buscando las piezas de unas armas. ¿Tiene acciones de mecanismos belgas?, preguntó y me sorprendió porque se trataba de algo muy específico, para coleccionistas. A mi pedido repitió dos veces la pregunta, exactamente igual, una de ellas en mi oficina, a donde le solicité pasar cuando me di cuenta que estaba seguro de lo que quería. Sentí que era una persona distinta y sin decirle si tenía o no las piezas, le respondí: “Mire usted, señor, yo no sé quién es ni me interesa, pero si quiere le ayudo…”, y así fue como empezó mi relación con Fidel.

 

Antonio del Conde Pontones quedó impresionado por la personalidad de aquel hombre. Su amistad fue instantánea y en varias ocasiones, Antonio del Conde, alias “el cuate”, y Fidel Castro, alias “Alejandro”, se reunieron para conversar sobre un movimiento revolucionario en Cuba y la manera de obtener armas.

 

 “Una de mis condiciones en este trabajo era mantenerlo en el más absoluto secreto, lo cual era conveniente para ambos; de ahí que, aparte de él, solo mantenía relaciones con Chuchú —Jesús Reyes, un expedicionario fallecido hace algunos años—, a quien Fidel había encomendado esa tarea, y una vez, que tuvo que salir, me envió a Juan Manuel Márquez, una bella persona, quien después resultó el segundo jefe del Granma y murió en Alegría de Pío.” Mi forma de trabajar, meticulosa y discreta, hizo que me fuera ganando su confianza. Yo era un experto en armas y aparte de las que fuimos consiguiendo, de las más económicas que incluso se usaban en las prácticas de los futuros expedicionarios, le propuse conseguir algunas belgas, fusiles, y la forma de adquirir las mirillas telescópicas que ellos se proponían asignar a los mejores tiradores. Lo que más le interesaba era arma larga, arma de guerra”, explicó Antonio del Conde.

 

En mi casa de Coyoacán, donde teníamos escondidas parte de estas armas, Fidel aprendió a disparar con fusil de mira telescópica.

 

Claro que después fueron otras las actividades que se me fueron dando relacionadas con conseguir parque, uniformes, botas, equipos de campaña. Por aquellos años, establecido como estaba, era muy conocido y tenía muchas relaciones con industrias, talleres, otras armerías, y cualquier gestión de ese tipo, pasaba inadvertida.

 

Paralelo a las gestiones y actividades que se desarrollaban alrededor de la búsqueda del transporte y de las armas y otros recursos materiales para la expedición, se mantenían desplegando otras muchas en función de ese objetivo en condiciones de total clandestinaje tanto en México como en Cuba. Se iban concentrando en México los revolucionarios cubanos, buena parte de ellos asaltantes de los cuarteles Moncada y Céspedes. Obviamente, la dictadura batistiana no cejaba en sus intentos de minar las filas del Movimiento 26 de Julio en Cuba y de frenar la creciente fuerza que reverdecía en México entre los exilados, con planes que incluían la eliminación física de Fidel y que culminaron en junio de 1956 con su detención y la de otro grupo de valiosos compañeros, quienes por espacio de aproximadamente un mes guardaron prisión. Con la amenaza en ciernes de una deportación y el peligro de que se abortara el plan de la expedición, dado el conocimiento que ya tenían las autoridades mexicanas de sus actividades, fueron dislocados varios grupos hacia otros estados mexicanos y se les imprimió un fuerte impulso a los preparativos, convirtiéndose en esencial conseguir la embarcación que debía conducir a los expedicionarios a Cuba.

 

Para esa etapa de julio, agosto, quizás septiembre de 1956, habían fracasado todas las gestiones de adquisición del barco, pero como los entrenamientos continuaban, le había dicho a Fidel de la necesidad de probar algunas armas en condiciones similares a las de Cuba, y salimos rumbo a Tuxpan, en el estado de Veracruz, con ese fin, un sábado por la noche. Íbamos Fidel, Chuchú, Cándido González y alguien más que no recuerdo. Se probaron satisfactoriamente las armas y ya de regreso, cerca del río Tuxpan, le pedí a Fidel que me permitiera ir a ver un yate de 63 pies (19.20 mts.) en mal estado bautizado como Granma que yo había comprado a Robert Erickson, norteamericano que residía en Ciudad México, que con anterioridad había descubierto encallado y abandonado en una margen del río, tenía hasta la quilla rota. Averigüé quién era el dueño, lo compré a buen precio y ya lo estaba reparando para viajes que yo hacía. Estaba como a 500 metros de donde detuve el carro, y estando en la revisión de la quilla, me percato que Fidel estaba también mirándolo a mis espaldas. Preguntó qué era ese barco. Después que le expliqué y anticipándome, le dije que era muy chico, con apenas un camarote y dos literas, y pañol para un marinero.

 

“Y sin más ni más, me dice: si usted me arregla ese barco, en ese barco me voy a cuba”

 

Francamente debo decirle que el tiempo era muy corto, sabiendo que Fidel estaba apremiado por salir, pues había afirmado que “en 1956 seremos libres o mártires”. Era su compromiso, y la situación en México se complicaba cada día, pero también era mucho lo que había que hacerle al Granma para una travesía de tal tipo. Yo tenía mis planes para aquel yate pero ¿cómo decirle a Fidel que no era posible lo que pedía en tan corto tiempo? Era imposible.

 

No quiero contarle cuánto hubo que hacer, desde cambiarle montones de tablas al casco, calafatearlo, incrustarle cobre, repararle los motores, adicionarle tanques de combustible, de agua, hasta pintarlo… Ya para esa etapa se conocía la existencia de El Cuate, y se habían ofrecido 10 000 pesos al que dijera mi identidad. Pero se sortearon los obstáculos, eso sí, a todo tren, porque lo que yo sí tenía claro era que no podía fallarle a Fidel, porque había depositado en mí sus esperanzas. Muchas veces entonces dijo que si El Cuate no le fallaba salía.

 

Y yo estaba decidido a cumplir mi parte en ese empeño, en la seguridad de que si de eso dependía, él llevaría hacia delante la otra parte del compromiso que es la más conocida: “Si salgo, llego; si llego, entro; si entro, triunfo”.

 

No le sorprenda si le digo que ese fue el momento más importante de mi vida. Recuerdo como si fuera ayer la emoción indescriptible que sentí cuando di las órdenes para que el Granma fuera botado al agua, la satisfacción con que probé los motores, lo llevé río arriba y regresé a Ciudad México y lo informé a Fidel.

 

Después fue mucho el trabajo para comprobar el acondicionamiento del Granma. Fidel designó a Chuchú para que permaneciera a mis órdenes en esa tarea. Había cosas imprescindibles que continuar haciendo para comprobar su consumo, navegabilidad, velocidad y en fin, todo lo que era necesario para asegurar que el barco llegaría a Cuba, incluido lo que debía llevar a bordo.

 

Por otro lado yo debía cerrar el negocio con los Erickson, conforme a lo que previamente habíamos acordado, y poderlo legalizar y abanderar, requisitos indispensables para que pudieran viajar. Y aunque le insistí en que no era necesaria su presencia, no hubo manera de convencerlo. Lo presenté a los Erickson como mi hermano menor y ellos le hicieron numerosas preguntas.

 

En esta cita fue cuando el señor Erickson planteó lo de la casa de Santiago de la Peña, también de su propiedad, cerca de la cual estaba anclado el Granma, salimos con barco y casa, pero más endeudados. En realidad no se usó hasta el día antes de la salida.

 

El Granma estaba registrado en Tuxpan por los Erickson, pero después de la compra Agustín Santamarina, apoderado en México de la Schuylkill Products Company Inc, comunicó al capitán del puerto de Tuxpan el traspaso del Granma a nombre del ciudadano mexicano Antonio del Conde Pontones quedando registrado mi nombre en la Secretaría de Marina de México, como barco de placer. Y se cubrían todas las apariencias, velando porque el nombre no se le viera, porque todo el trabajo en torno a él fuera hecho con discreción; cualquier precaución nunca estuvo de más. Una vez hasta fuimos a rescatar a unos náufragos a la Isla de Lobos que se nos pidió por la Capitanía del Puerto, y lo hicimos Chuchú y yo para, de paso, comprobar lo marinero que era el yate, y que uno de los embragues no andaba del todo bien.

 

Preparativos.

 

La fecha de partir se aproximaba. Se arreció el entrenamiento de los hombres. Fidel se estableció en el hotel Mi Ranchito, en un pueblito llamado Huachinango fuera de la ciudad de México, por el rumbo a Tuxpan. Allí llevó Antonio del Conde los últimos informes del Granma, pero 15 días antes el comandante consideró que le sería más útil fuera de Cuba que tenerme como un soldado más en la montaña.

“Pero el comandante Fidel aún era más certero en sus decisiones y cada una de las medidas que tomaba sabía por qué. Siempre fue un líder nato. Así que hubo que acatarla y disciplinarse”.

 

Eran los finales de noviembre de 1956 y me mandó a ultimar los detalles de la salida, el permiso, el traslado de los avituallamientos, etc., a la par que se daban las orientaciones para movilizar hacia Tuxpan a los seleccionados para la expedición.

 

Llegó el día que se había decidido, el 24 de noviembre, y eso, recuerde, jugaba con el aviso que se les iba a mandar a los compañeros de Cuba, en particular a Frank País en Santiago para el alzamiento que respaldaría el desembarco. Y hubo mal tiempo, no querían darme el permiso en la Capitanía de Puerto de Tuxpan.

 

Me valí de mañas para convencer al Capitán, invitándolo a comer para garantizar que no hiciera ni la inspección de rutina. Finalmente, eso sí, bajo mi responsabilidad, extendió el permiso de salida rumbo a la Isla de Lobos, de diez personas, en viaje de recreo, para una pesquería, que era lo que le había dicho tenía ya organizada.

 

Ya habíamos acordado los hoteles más apropiados para que se hospedaran los compañeros a medida que iban llegando desde los distintos puntos en que se encontraban, hasta que entrada la noche del 24, fueron cruzando el río —entonces no existía el puente que hay hoy— hasta la casa de Santiago de la Peña, donde esperarían la partida. Lo hicieron en pequeñas embarcaciones que daban este servicio, y en un lanchón o barcaza que también trasladaba equipos.

 

Cuando llegaban se ubicaban en la casa, que sirvió de punto de concentración unas horas, mientras que Chuchú, otros pocos y yo trasladábamos al Granma las armas, los uniformes, todo cuanto allí habíamos almacenado en una gran nave que utilizamos como bodega al lado de la vivienda, donde después guardamos los carros que llevaron a los expedicionarios hasta Tuxpan.

La subida al Granma en la media noche fue por un tablón, pues nunca hicimos muelle y mantuvimos el monte que rodeaba la vereda hasta el río. Así pasaron 81 de los expedicionarios: faltaba solo Fidel.

Ya me había planteado con anterioridad que siguiera el barco por tierra, por si pasaba algo, hasta la altura de Isla Mujeres. Allí había unas pocas personas para despedirlos, creo que Melba Hernández, Emma y Lidia, hermanas de Fidel, no recuerdo si alguien más.

 

Estábamos en medio de la oscuridad, y sentí a Fidel con una fuerte emoción y muy tenso. Casi no hablé, no podía. Me reiteró las últimas instrucciones y me dijo que cuando escuchara la noticia de que Frank País se había tirado a la calle, era la señal de que ellos habían llegado. No se preocupe si anuncian mi muerte, me dijo, porque lo han hecho en otras ocasiones.

 

Finalmente, el 25 de noviembre de 1956 Alrededor de la 1 y 30 de la madrugada zarpó el yate Granma, originalmente diseñado para ocho personas, salió de Tuxpan, Veracruz, a Cuba con 82 rebeldes a bordo, dispuestos a estallar el movimiento revolucionario en la isla.

 

Y. . . . . . Antonio del Conde sigue siendo el mismo en que Fidel confiara para tantas importantes misiones: El Cuate de la expedición y de la Revolución cubana.

 

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Sábado 27, de septiembre de 2008

 

De Platicas en la Tabaquería

 

Cita: 6 de la tarde incorpórate a una Platica en la Tabaquería con Berta y Eberto los cuales tendrán como invitada a María Victoria  (Vicky)  y que es médico, de origen cubano, graduada en Cuba en 1988.

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